Suspendida entre lo que siente y lo que piensa
Alba llegó con una idea que, según ella, «no era original»: un corazón y un cerebro.
Tenía razón en que es un concepto muy trabajado. Pero el concepto no era el problema — el problema era cómo se suele representar. De forma literal, anatómica, sin historia detrás.
Empezamos a separar la idea visual de lo que realmente quería expresar. No se trataba de tatuar dos órganos. Se trataba de representar esa tensión que todos tenemos entre lo que sentimos y lo que pensamos. Y la clave apareció cuando hablamos del equilibrio.
Ahí nació la escena: un corazón anatómico y un cerebro anatómico como dos globos. Y una niña pequeña, suspendida entre ambos, sosteniéndolos.
La niña no elige. No puede. Vive en ese espacio intermedio que todos conocemos — entre la razón y el impulso, entre lo que sabemos que debemos hacer y lo que sentimos que queremos hacer.
Al convertir los órganos en globos, la carga anatómica se suavizó. Dejaron de ser solo biología para convertirse en símbolo. Y la pieza ganó una lectura más poética: no sobre psicología, sino sobre aprender a habitar el espacio entre lo que sentimos y lo que pensamos.
La pieza
Si tienes una tensión interna que quieres representar en piel, cuéntamela. Las mejores piezas nacen de lo que parece difícil de explicar.